sábado, 6 de diciembre de 2014

Relato de primera mano de una superviviente del Titanic, Rose Amelie Icard

Daisy Corning Stone Spedden
Desde marzo de 2014 circula un nuevo e intritagante rumor sobre las historias ocultas del Titanic, se trata de una carta que un usuario de Reddit compró en una subasta y que, aparentemente, fue escrita por Rose Amelie Icard, la acompañante de honor de la señora Stone, aunque esto aún no está verificado la carta es real. El usuario la divulgó a través de Internet con la intención de que alguien pudiera traducirla al inglés. Aunque aún no esta comprobada su veracidad y autenticidad, no es necesario más que leerla para comprobarlo, caben diferentes opiniones, y la mía es que esta carta es real y que la escribió una superviviente del Titanic. La carta está en francés, ya que la supuesta dama autora de la carta era francesa. La carta fue escrita 43 años después del hundimiento del atractivo buque.
Aquí les dejo la carta original (en francés) y la traducción que he hecho al castellano, la cual no se si puede contener algunas erratas o diferencias. No se la pierdan porque es un relato extraordinario y de primera mano:






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El recuerdo más trágico de mis viajes durante diecisiete años por todo el mundo es el hundimiento del Titanic,Tengo 83 años, pero aquel fue un momento en mi vida que jamás olvidaré. Yo estaba en París cuando conocí a través de un amigo a la señora Stone, mujer adinerada estadounidense, viuda del presidente de una potente empresa canadiense: “Cie”. La señora Stone buscaba a una persona que gozara del placer de acompañarla en su viaje.El sueño de mi vida estaba a punto de completarse: decidí ir con ella a América. No puedo enumerar… todos los países en los que estuvimos.Durante el invierno del 1912 estábamos en Egipto, nuestro viaje fue a Tierra Santa y terminó en Jerusalén.Ese viaje inolvidable al país de Jesús estuvo muy cerca de ser el último de mis viajes.







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De vuelta a Europa, después de haber estado en París y Londres, nos embarcamos en el Titanic el 10 de abril de 1912.La señora Stone compró los pasajes en Londres y me dijo encantada que íbamos a viajar en el barco más bonito.Las noches anteriores, soñé con la muerte, un presentimiento tal vez, me hizo decirme a mí misma que yo no había elegido ir en el Titanic.El capitán Smith estaba a punto de ser jubilado tras su brillante profesionalidad y fue elegido por la White Star Line para conducir este palacio flotante en su primer viaje. Todavía puedo verle, un apuesto hombre de edad, con barba blanca.Él mismo fue quien me ayudó a embarcar en uno de los botes de salvamento.Durante los cuatro días que duró la efímera vida de este espléndido transatlántico, fue objeto de celebraciones, cenas, ceremonias de lujo, exhibición de joyas brillantes y de ríos de diamantes dignos de un esplendor oriental.






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Entre tan elegante audiencia se encontraban siete u ocho parejas jóvenes que regresaban de su luna de miel: varios de ellos no eran desconocidos para nosotras, pues les habíamos conocido durante nuestra estancia en Egipto.En la tarde del 12 de abril, que era un domingo, en el reproductor de música a bordo, sonó en varias ocasiones Ave María (Gounod), La Veuve Joyeuse, etc…Hacía mucho frío, estábamos cerca de Terranova. Tuve que bajar a las cubiertas inferiores para ir a calentarme a mi camarote.Un barco francés, “Le Touraine”, creo que había transmitido: “Cuidado, icebergs”. ¡Pero! El presidente Bruce Ismay nos aseguró que no había nada que temer, que el Titanic era insumergible. La última noche fue particularmente animada, con conciertos, baile, fiesta.






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Hacia las once de la noche, la señora Stone y yo nos fuimos a la cama.Tres cuartos de hora más tarde, cuando el gran transatlántico navegaba a toda velocidad, un terrorífico choque nos sacó de la cama.Aunque nuestra intención era averiguar lo que estaba pasando, cuando un oficial que pasaba nos dijo: “No es nada, regresen a sus camarotes”.Yo le respondí: “Escuche ese fuerte ruido, suena como el agua está fluyendo hacia el interior del barco”.Cuando regresábamos a nuestros camarotes, vi al otro lado del pasillo, a la hija de un matrimonio que entró gritando en su camarote: “¡Mami, rápido, rápido, es muy grave, levantaos!”Ayudé a la señora Stone a vestirse, ella tomó su salvavidas y me dijo “Vengo pronto”Yo estaba temblando, y todavía en ropa de cama, cogí un abrigo, mi salvavidas y la seguí a cubierta.





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Sentíamos bajo nuestros pies como la cubierta se iba inclinando hacia las profundidadesVolví a los camarotes para recuperar las joyas de la señora Stone, pero afortunadamente para mí, tomé el hueco de la escalera equivocada y volví a la cubierta de la mitad del camino.En este momento hemos sido testigos de escenas inolvidables, donde el horror se mezclaba con el más sublime heroísmo.Las mujeres, aún en vestidos de noche, algunas solo con ropa de cama, apenas vestidas, despeinadas, angustiadas, revueltos por el miedo a no embarcar en un bote.El capitán Smith gritó: “¡¡¡Las mujeres y los niños primero!!!”Firmes y tranquilos entre la multitud, los oficiales y los marineros tomaban del brazo a mujeres y niños para dirigirlos hacia los botes salvavidas.


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Cerca de mí había dos hermosos ancianos, el señor y la señora Strauss, propietarios de la gran tienda Macy de Nueva York, ella se negó a partir en un bote salvavidas dejando a su marido, desde hacía 50 años, a bordo del Titanic.En un bote de salvamento vecino embarcó la joven esposa del millonario J. Jacob Astor, de regreso de su viaje de luna de miel. La señora Astor tenía 20 años y el señor Astor tenía 50.Los marineros con chaquetas azules, cinturones y boinas, entonaron el hermoso himno Más cerca de ti mi Señor, este es el grito de mi fe, más cerca de ti.










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Los botes salvavidas fueron llenados rápidamente. Por suerte, la señora Stone y yo nos encontrábamos en el mismo bote, donde había otros 30 pasajeros.El oficial dijo: “Remad con fuerza, solo dispondrán de 25 minutos para salvar sus vidas”.Tomé los remos y remé, remé con tanta energía que mis manos estaban sangrando, mis muñecas estaban paralizadas; porque había que darse prisa para escapar del enorme abismo que iba a ser abierto cuando el Titanic se hundiera.Fue en ese momento cuando me di cuenta de que alguien estaba escondido debajo de mí. Yo no tenía la fuerza para revelar su presencia. Nunca he sabido quien era el hombre que salvó su vida de esta manera. A medida que nos alejábamos en un mar casi en calma, débilmente iluminado por la linterna que el oficial sostenía, no aparté mis ojos del brillante Titanic.







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De repente, se hizo la oscuridad, se oían gritos, gritos horribles que se alzaban entre los crujidos del barco.A veces, 43 años después de la tragedia, todavía sueño con ello.De los 2.229 pasajeros (entre pasaje y tripulación), solo 745 se salvaron.Después de esa noche de terror, con la primera luz, antes de que el Carpathia nos recogiera aturdidos y completamente agotados, nuestro barco y algunos otros volvieron a la escena de la tragedia.Las aguas estaban tranquilas y desnudas, nada podría sugerir que el gran gigante del mar había estado allí.Solo vimos ante nosotros, dos catedrales de hielo que se fueron sonrosando bajo la primera luz del sol, ofreciendo un espectáculo de extraña belleza.








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Cuando todos nos reunimos en el comedor del Carpathia, vimos escenas muy dolorosas. Las jóvenes estaban allí sin sus maridos, madres si sus hijos (una joven madre a quien una ola le arrebató a su hijo y se había vuelto loca). Algunos sobrevivientes contaron la historia de los momentos más terribles, los cuales superaban a todos los sentimientos humanos.Hubo gestos sublimes, un desconocido abandonó el bote salvavidas para cederle su espacio a una anciana que no encontraba un bote al que poder subir, el desconocido le dijo: “Vas a orar por mí”.El multimillonario Benjamín Guggenheim después de haber ayudado al rescate de las mujeres y los niños, se vestía, con una rosa en el ojal, dispuesto a morir.Un pastor oró por los ausentes.­­­­­­­­­­­­­­­­­­­



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El Carpathia, que se dirigía a Génova, dio media vuelta para traernos de vuelta a Nueva York.No voy a hablar de nuestra llegada, donde fui testigo de escenas conmovedoras, una vez más.Para Madame Ausein en memoria de su querida madre con quien he vivido este trágico desastre durante la noche del 14 a 15 de abril de 1912.Rose Amèlie Icard
Grenoble, 08 de agosto 1955.

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